
Nació en el Hospital del Sagrado Corazón de Spokane y creció principalmente en Sprague, Washington. Su madre, Ruth Martin, pertenecía a una numerosa familia de pioneros que se casó con su pretendiente universitario, Harold Newman. Juntos criaron a tres hijos.
En la familia había dos primas que eran Hermanas de la Providencia: las hnas. Barbara Schiller y Elizabeth Mary Schiller.
Sr. Maureen estaba interna en el instituto Holy Names Academy de Seattle cuando empezó a discernir su vocación. Ingresó en las Hermanas de la Providencia en 1964, en Providence Heights, en Issaquah, Washington. En 1972, se licenció en Pedagogía por la Universidad de Seattle, y más tarde en Historia.
Ejerció la docencia durante 35 años, entre otros en el colegio St. Michael de Olympia (Washington), el colegio St. Joseph de Vancouver (Washington) y el colegio St. Therese de Seattle, donde también fue subdirectora.
Sr. Maureen siempre ha estado decidida a vivir su fe. Por eso, en la 13ª manifestación anual de la Escuela de Vigilancia de las Américas en Fort Benning, Georgia, en noviembre de 2002, fue detenida por allanamiento de la base.
«No estaba dando clases en ese momento. Informé al dirigente provincial de que probablemente haría desobediencia civil, pero no si había indicios de violencia», dijo.
Y sabía cuáles podían ser las consecuencias.
Una de las siete monjas detenidas, pasó 18 horas bajo custodia y casi tres meses en un centro federal tras su condena.
Desde aquella experiencia, su trabajo ha sido algo menos aventurero.
Sr. Maureen trabajó en los 150 aniversarios tanto de la Provincia Mother Joseph como de las escuelas católicas de la Archidiócesis de Seattle. También fue consejera provincial en el Equipo de Liderazgo de la Provincia Mother Joseph.
No se arrepiente de nada. «En retrospectiva, crecí gracias a la experiencia en Fort Benning. La acción profundizó mi espiritualidad», explicó.
También le trajo recuerdos de los más de 10 años que trabajó como voluntaria enseñando manualidades en la cárcel del condado de King, donde la mayoría de las mujeres con las que se encontraba estaban mental o físicamente enfermas, habían sufrido abusos sexuales de niñas o lloraban la pérdida de un hermano, padre o abuelo a una edad temprana.
Formar parte del equipo directivo supuso otro aprendizaje importante. «Recibí mucho apoyo de las Hermanas y del equipo», recordó una vez. «Y fue una bendición servir a las Hermanas de la provincia».